LUIS SOTO

Diario de un cuento

by admin on oct.21, 2010, under descarga de cuentos, General, textos

diario de un cuento
Me propuse escribir un cuento.

Un cuento bien simple, sin demasiados ornamentos, como cuando se escribe para uno mismo. Con las palabras casi desnudas, deslizándose arriba y abajo por las páginas en blanco y conduciéndonos a quien sabe dónde.

Me propuse relatar todo lo que me suceda con este cuento, que no conozco aún porque ni siquiera lo he pensado. Sé que deseo escribir, lo cual ya es suficiente, y me dispongo cómodamente para construirlo en medio de la soledad y el silencio.

El escenario ya está preparado para transcribir textualmente todo lo que me salga con la más absoluta naturalidad, hasta llegar a ese sitio que yo llamo el nervio del cuento, que es el lugar donde el cuento se vuelve independiente de su autor y termina por escribirse a sí mismo. Porque no será la primera vez ni la última que me suceda. Sucede siempre. No tengo vergüenza en confesarlo, y aunque siempre me resista los cuentos terminan por escribirse solos.

Después de semejante confesión enciendo el primer cigarrillo y automáticamente pienso que el personaje adecuado para mi relato es una bella mujer. Sí, ya sé, ustedes se preguntarán con justificada curiosidad, ¿por qué ha de ser una mujer y no un hombre? Tengo varias razones para ello. La primera, es que pienso a la mujer como una necesaria mezcla de enigma y de fatalidad. Por lo cual, su presencia en el relato transferirá a éste parte de su carácter enigmático, de cosa a descifrar; y de toda la fatalidad que habitan en el amor y en la belleza, y que nos predestinan a ello. Y todavía tengo otra razón más poderosa aún que quizás compartan conmigo. Y es que cuando ella baje las escaleras (porque así comienza este cuento, y no lo digo yo solamente, lo dice el cuento), nuestra mirada quedará capturada por esa cadencia de cintura y caderas, por ese movimiento ondulante y pendular que ostentan las mujeres en la parte de atrás, y que sin dudas tendrá un atractivo mayor que estar mirando a alguien como yo, o como usted, para el caso que se trate de un hombre.

Pero no nos detengamos en estos detalles y sigamos adelante, o dejemos que ella siga adelante.

La mujer entonces, a quien desde este momento llamaré simplemente Gabriela, (porque no conozco a ninguna Gabriela, y me ahorro de esta forma que alguien pueda reprocharme usar su nombre en mi cuento), baja con suavidad y lentitud los dos pisos de escaleras que la conducen a la calle; porque está saliendo de alguna parte. Pongamos un nombre a ese lugar y digamos que es su departamento; y se dirige hacia otra parte que todavía no he definido.

En este primer instante de tensión y expectativa tengo toda la sensación que si algo va a suceder, ha de ser en la calle; porque casi todas las cosas llamativas y sorpresivas suceden en su intrincada vastedad. Como cuando alguien que no conocemos, nos pega un chistido para que nos detengamos, y nos interroga acerca de una dirección que seguramente no existe. Saca su revólver y nos asalta. Cosas humillantes como esa suceden todos los días en las calles de hoy. Pero no tengo la intención de que Gabriela sea asaltada, o tal vez el cuento no quiera seguir por un camino tan trillado y se haya propuesto otra cosa diferente. Como tampoco me aliente a que escriba sobre situaciones que son en sí demasiado vulgares y cotidianas, sin demasiada imaginación. Porque para esto bastaría con salir del cuento y mirar un poco alrededor nuestro.

Además, él y yo estamos convencidos de que ella es especial y que todo deberá transcurrir como sucede en el complejo escenario de los sueños. Y algo, al mismo tiempo me dice que se está construyendo una pequeña historia de amor, diferente a tantas otras que se han escrito hasta hoy.

Continuaré contando que es de noche, una noche nítida y serena en que la calle está completamente vacía; por lo tanto no habrá testigos de lo que allí está por acontecer. Y lo que acontece, lo que en efecto sucede, extrañamente para mí, es que la calle se rompe a su paso, se rompe y empieza a sangrar. Porque Gabriela camina un sueño que no alcanzo a entender, camina y camina siempre por la misma calle que se rompe y sangra por ella. Por ser pisada por sus dulces pies. Ella camina descalza en el sueño, un sueño de piel suave y tersa, de pies pequeños y dóciles, frágiles y enigmáticos pies de mujer que se asemejan a un caminar sobre nubes de algodón; sosteniendo un pie en el aire cuando el otro está apoyado; y así, repetidamente. Escucho una voz que en el sueño me dice “vamos”, y me sorprende a punto de encender un segundo cigarrillo. Ahora me abstengo de fumar y quedo abstraído con mi mente en blanco, y se me ocurre que este cuento legítimamente debiera llamarse “los pies de Gabriela”; aunque aún no descubro hacia adónde me llevan sus pies, y me asalta la terrible sospecha de que el cuento se está volviendo autónomo.

En busca de una rápida y consistente solución, y resistiéndome con todo mi esfuerzo a que el cuento prescinda de mis servicios, me pongo a caminar con ella para ver si logro desentrañar el breve sueño que se repite, se repite y se repite. Hasta que por casualidad tropiezo (por razones atribuibles al imperfecto diseño del suelo), doy un mal paso y zas, de un golpe retrocedo un año en el tiempo, e ingreso en un Hospital que me parece familiar, (aunque al final todos se parezcan entre sí); y en una cama de la sala de mujeres, Gabriela se repone lentamente de su accidente. El accidente de moto que le quitó temporalmente la posibilidad de caminar.

De pronto el sueño se ha vuelto comprensible, expresando mi deseo de que ella camine pronto porque en realidad está imposibilitada de hacerlo. Vuelvo a la calle una vez más y camino junto a Gabriela porque siento que el cuento se está escribiendo solo, con absoluta independencia de mí. Apenas alcanzo a mirar su rostro feliz, iluminado con una sonrisa espléndida que estalla en mil pequeñas estrellas, porque ella despide estrellas cuando se sonríe. Imito sus pasos pero ahora no se fija en mí, mi mirada le hace bajar los párpados y le mantiene entreabiertos los labios por pudor; finalmente se apoya con suavidad en mi brazo para facilitar su callado andar. Mira el suelo al caminar y su pisar es delicado, sensual, como no queriendo dañar la calle, la calle que es su yacente realidad.

Y seguimos caminando en imperecedero silencio durante toda la noche hasta el amanecer, cuando otro golpe (parece que este cuento se escribe a los golpes), me arroja con violencia a la mezquina y cruda realidad del día. Descubro que debo levantarme, ir al baño a los tumbos, desayunar y vestirme en apenas diez minutos, para concurrir al Hospital donde trabajo como Terapista Físico.

En este instante lo veo más claramente, sueño cada noche con los pies de aquella joven paciente porque llevo un año trabajando afanosamente por su pronta rehabilitación.

Miro el fondo de sus ojos plenos, sus ojos color de almendra que hablan de agradecimientos, y la sonrisa única que me dedica estallando en el aire aséptico de la sala cada vez que me ve llegar de delantal a su blanca cama. Cada mañana, cuando me dispongo a iniciar mis sesiones con ella.

Porque de día masajeo con dedicación sus delicadas piernas, sus suaves y pequeños pies, y de noche caminamos en un sueño evanescente. Sí, digo caminamos los dos, porque Gabriela recién me acaba de confesar, tímidamente, con una pizca de vergüenza adolescente, que anoche tuvo un sueño. Un grato sueño en el que caminábamos juntos sin mirarnos; caminábamos hasta el amanecer.

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