Al otro lado de la calle – Cuento
by admin on oct.31, 2009, under descarga de cuentos, General

De a ratos, la realidad sólo se deja percibir confusamente, adornada con incontables máscaras y disfraces, con su falso brillo repetido.
Más tarde o más temprano, una pregunta surge siempre en la vida de un hombre: ¿Hasta qué punto puede una persona soportar ?
Según las teorías, hay diferentes respuestas, pero, básicamente, la contestación esencial es otra pregunta:
¿Hasta qué punto uno es capaz de sobrevivir?
Buenos Aires -para decirlo de una manera elegante-, es una ciudad confusa, caótica y habitada por locos. Al menos hasta hoy es la única explicación que he encontrado a este problema que aturde mis sentidos.
Que yo sepa nadie ha explicado esto convenientemente, de modo que lo mejor sea ponerse a explicarlo, despacio y para siempre. Explicar es algo que hacemos todas las veces que nos ocurre algo impensado, como cuando encontramos los zapatos debajo de la mesa del comedor, sin recordar en qué momento los habremos dejado, porque suponemos que ni soñando los hubiésemos puesto allí. O cuando se nos escapa alguna palabra de la boca, eso que llamamos un lapsus, y que nos deja mal parados frente a los que nos están escuchando.
Y pienso, me devano ejercitando una ficción que reconozco como propia desde mi más temprana infancia. Sí lo admito. Me entretengo armando toda clase de collages con retazos de realidad propia y ajena. Nada me divierte tanto como esos juegos secretos que deben originarse al otro lado de la calle. Sí. Allí. De donde necesariamente se deduce su lado complementario: el lado de acá. Más íntimo y real. El cual pisamos todos los días.
Y con esto ingresamos al vasto territorio de las explicaciones racionales muy al estilo de monsieur Descartes, el francesito que se pasó la vida pensando, para resumir todo en esa famosa frase: “pienso luego existo”. Qué vida tan desperdiciada… Yo soy más concreto.
Una blonda joven pasa por la vereda de enfrente, la veo… luego existo…
La miro a través de mi ventana del lado de acá, y ella, de manera automática ha pasado a formar parte de un inquietante universo: el otro lado de la calle.
Una muchacha rubia de mediana estatura y redondos senos, de delicadas nalgas dibujadas con firmeza; tal vez veinte o veinticinco años, despreocupada y feliz, deja escapar un suspiro silencioso que yo percibo desde aquí. Su ademán es sereno y sin artificios, su mirada fina y dulce; su cuerpo, una piedra esculpida, tangible y espléndida, con toda la calle, mi mirada y la llovizna para ella sola. Ondulando, vibrando y estremeciéndose al caminar como si fuera una hoja en la brisa primaveral. Mientras tanto, aguardo atrapado en esta prisión del lado de acá, y los ojos, mis ojos que tratan de armar otra escena a su cruel antojo…
Ahora ella se jala la blusa desde su ajustada cintura, (una hermosa blusa blanca con trazos color violeta, que le oprime con firmeza los pechos), y de repente posa su mirada en mi ventana, con cierto pudor, al percibir mi presencia que le escamotea un instante de vida sin su consentimiento.
Por mi parte, como me sobra el tiempo para este juego de las miradas, observo que en medio de una pausa se acomoda el pelo en una actitud de nervioso decoro. Me digo lo bueno que sería conocerla, intimar un rato con ella en la mesa de un café, que nuestras palabras -por ejemplo-, logren enredarse en una conversación acerca de lo que hacemos o dejamos de hacer a diario en nuestras vidas.
Esto para comenzar. Luego, las frases seguramente seguirán otros caminos, y así sucesivamente, porque una cosa lleva a la otra. Y como mejor que decir es hacer… me pongo en marcha aceleradamente.
Bajo las escaleras que me separan de esa húmeda y pertinaz llovizna de otoño, me acomodo los pelos hirsutos en la cabeza, cruzo la calle abotonándome la arrugada camisa, y estoy allí, sintiendo esa sensación que me invade siempre al otro lado de la calle; esa liberación repentina del pecho que se saborea como una pequeña victoria personal.
De la muchacha ahora distingo su pelo rubio, tal vez teñido, y sus hombros pronunciados sobre una espalda marcadamente adolescente. Avanzo un poco más para encontrar un rostro de rasgos cincelados, una blanca piel sin mácula, la boca roja entreabierta en un gesto de sorpresa. Todo podría resolverse así, en ese instante íntimo y fugaz del precario encuentro, pero terminará armándose con total independencia de mi voluntad, y en otro escenario desconocido.
-¿Qué estás haciendo? -hablaba solamente para mí con esa voz deliciosa, y me maravillé de que así lo hiciera.
-Nada, paseo -dije, pensando que aquello podría llegar a funcionar-. Tratando de conocerte, -rematé como pude, rompiendo la frialdad del primer instante. Ella sin mirarme, tal vez con nuevos miedos mezclados con una creciente vergüenza, se precipita repentinamente en una casa, presumo que es la suya. Yo acercándome como un intruso, como una sombra deslizada, estoy a un metro… ahora a quince centímetros… tal vez cinco, esperando una posible palabra suya. Y como única respuesta inicia una loca y atolondrada carrera por aquel pasillo oscuro e interminable.
Luego, tras mis varios intentos de articular algo coherente, que rematan con frases fallidas agolpándose desordenadamente en mi boca, ahora se viene a sumar la aparición de un hombrecito flaco, improvisado actor en la situación, mostrándose vulgarmente amenazante. Yo, en vano tratando de explicarle toda esta cuestión acerca del otro lado de la calle.
Y nada… no hay caso; no entienden ni jota.
Creo que pego un fuerte grito de impaciencia o es ella quien vocifera por detrás del hombrecito, con una voz traspasada por el miedo.
Ahora me disparan en la cara como pesadas oleadas de cólera, moviéndose inquietos, decidiendo (o soy yo el que decido por ellos y no lo saben); y el minúsculo hombre que avanza y me mira, me mira y avanza queriendo aplastarme sin éxito. Ella, con justificada desazón reteniéndolo firmemente del brazo para preservarlo, porque ya intuye mi rápida reacción; quiere hablar y no puede, acallada por el miedo y la indefensión que crece en su interior.
Luego, un torbellino inesperado de imágenes sin conexión, como cuadros dislocados que arman toda la acción de un rompecabezas inquietante. Yo jadeando frente a ellos dos, teniendo la sensación de caer abruptamente, o tal vez sean ellos los que caen empujados por mí, aunque todo ese escenario parece darse vuelta, poniéndose cabeza abajo. Y ahora el mareo, el completo e insistente mareo que trato de dominar como puedo. Cierro mis ojos para no mirar más. Me resisto a quedar envuelto en ese vértigo inacabable, y descubro que estoy involucrado en un juego inusual que se define por su propia cuenta. Delante de mis ojos que se niegan a verlo todo, a seguir mirando, a ser testigos y cómplices a la vez. A ser simplemente unos ojos…
Busco la salida. Afuera nadie. Por fin, digo por fin porque toda cosa debe tener su fin, y ésta lo tiene, con la lluvia abofeteándome la cara, la fría lluvia de otoño que restalla sobre el pavimento de la calle desierta.
Transcurrieron largos días, tal vez semanas, en realidad no puedo precisarlo. Ahora estoy en mi cuarto, del lado de acá y a salvo de los demás. Los enfermeros y los médicos dicen que me protegen de mí mismo y de mi abstinencia por la heroína.
Viven toda el día preguntándome cómo hice para escapar, por dónde salí de la clínica.
No lo recuerdo. De aquellas horas quedó solamente un agujero, y me consuelo diciéndoles que nadie puede relatar un agujero; (los agujeros son la suma de toda la incertidumbre), y me río de mis propias ocurrencias.
Lo único que recuerdo es que alguna vez yo también quise ser un médico. Pero mi padre se reía de mí como un loco, se burlaba y me llamaba estúpido, y me mandaba repetidamente a buscarle sus vasos de vino a la mugrosa cocina. Murió de cáncer a los cuarenta y ocho años… creo, sino eran 49. Me alegró mucho su muerte, fue como una liberación. Nunca supe si yo tuve algo que ver con ese suceso…
Hoy estoy tranquilo pese a todo. Y especialmente, pese a que de a ratos siguen desfilando personas por enfrente, y continúa lloviendo como no llovía desde los tiempos del diluvio universal. Todo eso me preocupa.
Con cierto alivio escribo estas páginas tratando de disolver una angustia espesa, tibia, repugnante, que baja lentamente por mi garganta hasta asentarse en mi estómago.
Una y otra vez leo en silencio las mismas noticias en un diario que un médico se dejó olvidado sobre la mesa. Gracias a su olvido pude enterarme del crimen de una pareja vecina… en fin, cosas que siempre suceden al otro lado de esta calle.
Luis Soto
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