Nunca apuestes tu cabeza al diablo. Cuento de Terror.
by admin on Oct.18, 2009, under General, descarga de cuentos
Cuento inspirado en un relato de E. Allan Poe
La Señora Vonn Ratten era una vieja ricachona y desabrida.
Poseía tanto dinero como arrugas y pelos llevaba en su deplorable cuerpo obsoleto, debajo de las delicadas y costosas telas de sus vestidos. Su única fórmula para el éxito habría sido casarse cada vez con un hombre más rico y esperar su muerte. Tras el deceso del último desdichado, recibió su cuantiosa fortuna. Poseía docenas de casas fastuosas en varias ciudades del mundo, campos, decenas de autos costosos, aviones y yates. Gozó de una envidiable posición durante más de 15 años de su vida, pero en ese tiempo ningún hombre llegó a fijarse en ella, excepto su séquito de serviles mercenarios, que tenían el deber inexorable de custodiarla a sol y a sombra.
Su delirio obsesivo la llevaba a creer que mientras pudiera tener un amplio control sobre las cosas y las personas, nunca le acontecería ninguna desdicha. Por esta razón tampoco se le acercaba nadie, ni poseía amigos confiables, debido a esa obsesión por el control, aún en los detalles más insignificantes.
Su carácter deplorable y violento era públicamente justificado como una excentricidad de millonaria, pero en realidad era el producto de una profunda y secreta insatisfacción. Sus ansias de poderío no conocían límites.
Un día, un extraño sujeto se presentó en sus oficinas…
De ropaje oscuro, manchado y levemente raído, a pesar de ello tenía el cuerpo sólido, y exhibía un rostro delgado y distinguido. Su mirada de ojos negros y profundos perturbó bastante a la secretaria de la Señora Von Ratten, que introdujo al visitante en un largo cuestionario antes de siquiera anunciarlo a su jefa. El desconocido, haciendo alarde de una profunda cultura y dicción, respondió más que con soltura cada pregunta y convenció a la empleada de que aquel encuentro valdría la pena.
-Un caballero llamado Sánatas dice conocerla y pide entrevistarse con Usted, Señora Von Ratten. -Anunció a través del aparato intercomunicador. El visitante miraba fijamente la luz del sol, llena de motas de polvo, que se filtraba por el cristal reforzado de un tragaluz en el techo.
-Sánatas -repitió la descascarada voz de la señora Von Ratten, que se enderezaba en su sillón- su nombre me resulta ligeramente familiar… aunque no sé quién es. Llame a un guardia de seguridad y hágalo pasar.
A la señora Von Ratten le fastidiaban esas visitas sorpresivas e injustificadas porque medía su tiempo en oro. El visitante ingresó acompañado de un fornido y mudo custodio y avanzó con paso ligero. Tenía un andar extraño, casi no tocaba el suelo al caminar. Ella se puso de pié tras el lujoso escritorio artesanalmente labrado y le extendió la ajada mano. Sánatas se quedó de pie frente a ella y besó su mano.
-Encantado- dijo.
-Usted dirá qué lo trae por aquí. -Acotó la señora y se dejó caer en su sillón con aire expectante, contemplando a la extraña figura.
-Sepa que he recorrido una larga distancia en la última semana para llegar hasta Usted antes de que sea demasiado tarde. Puede que mi pedido le resulte antojadizo, pero puedo probar que es justo, y me corresponde formularlo.
La señora Von Ratten se irguió en su sillón y frunció el entrecejo.
-He venido por mi parte – dijo el extraño.
-¿Qué quiere decir con eso?
- Quiero decir, exactamente, que reclamo parte de su fortuna antes de que usted abandone este mundo.
-Creo que no nos conocemos señor Sánatas. Y no pienso dejar este mundo todavía, menos aún repartir mis riquezas con un absoluto desconocido. A propósito, ¿es usted griego acaso?
-No soy griego, señora, si es lo único que usted quiere saber de mí. Pero puedo hablarle de otras cosas más íntimas, más suyas, no tan gratas para sus oídos.
-¿De qué cosas me habla?- reclamó con extrañeza la mujer, y subiendo un poco el tono de su voz.
-¿Recuerda esa noche de un veinte de octubre en que usted se encontraba muy ofuscada por las infidelidades de su primer esposo y se prosuso ponerle fin? Yo estaba allí. ¿Y esa tarde en que decidió dejar de ser la sirvienta de su segundo marido, y pensó en conducir todas sus empresas aliada a sus tradicionales adversarios, noticia que le provocó un infarto a su infortunado esposo?
-¡Basta! -La señora Von Ratten golpeó ruidosamente el escritorio con la palma de su añosa mano, que a pesar de ello mostraba un ligero temblor.
-También estuve allí… –acotó Sánatas.
-Ha ido usted demasiado lejos. -Levantó su mano señalando la puerta.- ¡Guardia! Saque a este impostor inmediatamente de mi vista. Apuesto mi cabeza que nunca en la vida me ha visto…
-Trato hecho- dijo el oscuro personaje.
El custodio se abalanzó sobre él pero el desconocido lo detuvo levantando apenas su mano derecha y diciendo que podría salir solo. Se retiró como vino, sigilosamente.
Transcurrieron los meses y todo mundo pareció olvidarse del confuso suceso. Pero al cabo de un año las empresas de la señora Von Ratten comenzaron a dar quebrantos. De ser una de las mujeres más acaudaladas del mundo, se convirtió en una empresaria permanentemente preocupada por no perderlo todo. Terminó vendiendo sus obras de arte en subastas de Londres y Nueva York, y no todas fueron compradas, ni las que fueron compradas sirvieron para compensar sus enormes pérdidas materiales. Su vasto imperio se desmoronaba aceleradamente y a ojos vista. No dormía, apenas probaba bocado, llamaba a otros empresarios buscando ayuda o consejo, y no encontraba la respuesta a su fracaso.
Una tarde debió abandonar precipitadamente su oficina por sentirse aquejada de un violento espasmo en el abdomen, producto de los repetidos disgustos. La limousina estaba detenida frente al edifico de la empresa, y ella cerraba la puerta del vehículo cuando su secretaria salía gritando y agitando las manos para llamarle la atención. La señora Von Ratten entreabrió levemente la ventanilla para escuchar el mensaje de último momento.
-Un hombre llamado Sánatas llamó por teléfono y dice que se baje del auto ahora mismo, que le dará otra oportunidad.
La mujer no alcanzaba a entender las palabras, estaba muy vieja y escuchaba cada vez menos. Bajó aún más el vidrio de la ventanilla y asomó la cabeza.
-¿Quién? -preguntó, y aquél fue el último vocablo que alguien escucharía de su amargos labios, porque un conductor alcoholizado que no pudo controlar su vehículo, terminó por estrellarse contra la parte trasera del coche de la Señora Von Ratten.
Su cabeza rodó varios metros por la calle. La secretaria estalló en gritos y llanto, en una mezcla de horror e histeria incontenible.
Los ojos de la señora Von Ratten se habían librado para siempre de sus ambiciones y apetitos. Ahora se hallaban fijos en una oscura figura de rostro familiar que se aproximaba reprimiendo una sonrisa.
Alrededor, ya se agolpaban decenas de curiosos. Esos que nunca faltan cuando acontece un accidente y la sangre fluye libremente.
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